Este blog será nuestro punto de encuentro, en él se unirá la magia, los sueños, la luna y la literatura. ¿Por qué la luna? Porque es mi hogar. ¿Por qué la literatura? Porque es como único entiendo la vida.

jueves, 14 de marzo de 2013

Punto rojo 3



-¿Qué has averiguado?

-Que tus putas esconden demasiado, Pepe.

-Eso ya lo sabía. Son putas, pero no tontas. Lo que las mantiene en silencio es el temor a que las maten o acabemos con su familia.

-Tranquilo, creen que estás muerto, y que yo estoy investigando tu asesinato. ¿Has hablado ya con el chino?
-Sí, ha cantado como un gallo. Ramón, el novio de Laura, la puta pelirroja, quería matarme para llevarse el dinero. La muy zorra, con todo lo que tiene que agradecerme, gracias a mí tenía un trabajo. Cuando Chino se enteró me lo contó todo. Le dijo a Ramón que él haría el trabajo sucio a cambio de un porcentaje del dinero que supuestamente tendría que haber en la caja fuerte del local. Y Ramón, que es una mierda de tío, aceptó, siempre ha querido llevar mi negocio, pero no le gusta ensuciarse las manos. Y en este mundo hay que ensuciarse las manos. Mírate a ti, poli corrupto, fingiendo investigar la muerte de un proxeneta.
-Eh, eh, calladito, que yo tengo mis razones para estar jugándome la placa y la ropa, con toda esta historia.

-Sí, tienes tus razones, el dinero, Alejandro, el dinero es lo que da poder y mueve este mundo.

Alejandro guardó silencio. Sus razones iban mucho más allá de un fajo de billetes de quinientos.  Sabía que no podía mantener mucho tiempo esa historia de jugar al poli bueno y al poli malo, pero llevaba años esperando su venganza y cada vez estaba más cerca.

-¿Cuánto tiempo piensas permanecer aquí? Yo no puedo seguir apareciéndome por el bar, podrían empezar a sospechar y en la comisaria sabes que están deseando echarme el guante.

-Sólo una semana, Alejandro. ¿Ya tienes el dinero de la Fiscal?

-¿De verdad crees que esa mujer va a traspapelar todo tu expediente? ¿A jugarse su posición por ti?
-Sí, Alejandro, porque si yo caigo, caerán muchos policías, como tú, corruptos, y muchos abogados. Gente de buena posición. ¿Crees de verdad que yo podría haber montado todo este circo sólo? Ellos eran los que traían a las chicas a España, los que se ponían en contacto con las mafias checas y polacas. Quienes con sus respetables uniformes y sus contactos me llenaron el local de putas menores de edad, a las que le habían prometido un trabajo de camarera  y una vivienda digna y se encontraron con ser plato servido, en vez de camarera que sirve. Ellos, Alejandro, son los que burlaban a inmigración. Amigo mío, esto funciona así, y me alegro de que te hayas venido a mi bando. Tengo trece juicios pendientes, me acusan de trata de blancas, narcotráfico y asesinatos. Pero el dinero, ese fiel amigo que si está de tu lado te pone el mundo a tus pies, va a comprar mi libertad. Tú tenlo preparado y espera mi llamada. Cuando todo esto haya pasado y las aguas vuelvan a fluir cristalinas y silenciosas, me encargaré personalmente de quitar del medio a Laura, pero cruzará al otro lado con la lección aprendida; no morderás la mano que te da de comer.

-Perfecto. Estaré unos días sin pasarme por el local. Tampoco me esperes por aquí…Por cierto, ¿quién es la chica de pelo negro y ojos azules? la vi anoche en el bar.

-¿Nicol, la ucraniana? ¿Te ha gustado eh? Pues tranquilo que cuando todo esto acabe será toda tuya. Considéralo un regalo.

Alejandro salió de la nave repitiendo el nombre de Nicol. No, no sería un regalo. Ella era un ángel que había caído en el infierno, y él la rescataría de las calientes manos de Satán.

En el otro extremo de la ciudad,  Laura empezaba a sospechar que las noticias no se hubieran hecho eco de la muerte de Pepe. Ni periodistas en el bar ni imágenes en la tele y un solo policía investigando el caso. Algunas piezas de aquel enrevesado puzle empezaban a no encajar. Decidió llamar a Ramón, le dio igual lo que él le hubiese dicho. Alguien estaba jugando sucio y no pensaba permitir que le salpicara el fango.

“El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura”. Sólo necesitó escuchar la robótica voz del contestador de Ramón para saber que la había traicionado. Era su especialidad, cuando las cosas se ponían feas, huía, capaz de traicionar a su propia alma, que iba siempre con él, con tal de salvarse el culo. Estaba sola, y no sabía realmente ante qué. ¿Con qué clase de mafia estaba dando? ¿Estaría realmente muerto Pepe? ¿Terminaría muerta ella? Acababa de explotarle en la cara el saco de la avaricia, despertando su instinto más salvaje, la supervivencia.

lunes, 4 de marzo de 2013

Consuelo de abuelo


Entró en casa, corriendo, con su vestido de baile de graduación y dejó cerrarse tras ella la puerta con un rotundo portazo. Subió a su cuarto y se tiró en la cama enterrando la cabeza en la almohada y empapándola con sus lágrimas. Su abuelo, observó la escena desde su viejo sillón, en el que solía leer el periódico acompañado por una copita de vino y un puro, y supo que había llegado el momento que  temía desde que esa pequeña, su pequeña, llegó a su vida. Acababan de romperle el corazón. Se levantó con piernas temblorosas y subió con paso lento la escalera, tocó con suavidad en la puerta y escuchó un ahogado, -déjame-. Sabía, por la experiencia que le daba la vejez, que ese “déjame”, era un grito de auxilio. Entró en el cuarto y vio a su pequeño ángel deshacerse en lágrimas. Se sentó a los pies de su cama y esperó a que ella tomase la palabra.
-Me ha dado plantón abuelo, estuve media hora esperándolo como una tonta en la puerta del baile y no apareció. Lo llamé varias veces y me cortaba el teléfono. Soy una estúpida.
-Pues serías la estúpida más hermosa del baile-. Le contestó con dulzura.
-¡Abuelo! No te enteras. Luego apareció con esa zorra de bachillerato, pasó a mi lado y no me dijo nada, no se digno a mirarme. Me acerqué a él para que me explicara que ocurría. Dos noches antes habíamos hablado por el facebook y me dijo que me llevaría al baile, que le gustaba mucho y que era la chica más guapa de secundaria.
-¿Y qué explicación te dio?
-Me dijo que me lo había inventado todo, que él no salía con niñas y que fuera a inventar historias a otro lado. Pero es cierto, lo tengo todo en el facebook, si quieres te lo enseño.
-No, princesa, no es necesario, te creo.
-¡Claro! Eres mi abuelo siempre me vas a creer. Soy una estúpida y lo peor es que estoy enamorada de él. Nunca podré enamorarme de más nadie, lo quiero demasiado.
-Sí que podrás, cariño, verás como pronto encuentras a un chico que sepa ver la belleza que hay en ti.
-No, no lo encontraré. Tú no me entiendes, llevas toda la vida casado con abuela. Nunca te han roto el corazón.
-Te equivocas, pequeña, a mí también me rompieron el corazón.
La joven se incorporó y miró a su abuelo, quien tenía lágrimas en los ojos por la tristeza que veía en su nieta y por los viejos recuerdos que visitaban de nuevo su cansada memoria.
-¿En serio?-. Preguntó la muchacha con ojos curiosos esperando escuchar una historia que la invitase a volar por los senderos de la curiosidad.
-Hace muchos años, cuando yo era un mancebo y estaba de buen ver, existía una revista, La Conquista, a través de la que podías conocer gente.
-¿Cómo el facebook?
-Sí, como el facebook o parecido. Te podías inscribir a esa revista, dejabas una pequeña presentación con tu foto y dirección y esperabas que te llegasen cartas de alguna moza. Yo también podía elegir alguna señorita que me gustase y escribirle.
-¿Pero tú y la abuela no se conocían del pueblo?
-Presta atención, jovencita. Corría el año 1959, yo tenía dieciocho años, era fuerte y estaba lleno de vida. Solía comprar La Conquista y mirar las fotos de las muchachas, y hubo una que me robó el corazón. Se llamaba Dolores. Era hermosa, alta, delgada, con una sonrisa traviesa y una mirada de soñadora. Su presentación era algo curiosa, “No me llames Dolores, llámame Lola, que para dolores los de la vida. Si me quieres conocer yo una sonrisa te sacaré”. Fue leer esas palabras y enamorarme. Vivía en Andalucía, ya se le notaba ese arte, esa gracia en su forma de escribir y de posar para la foto, y empezamos a escribirnos. Estuvimos un año carteándonos, nos lo contábamos todo, desde las cosas más cotidianas hasta los sueños y anhelos que llevábamos ocultos en el alma.
Intercambiábamos fotos, poemas, promesas, y nos comprometimos. Lo teníamos todo planeado. Yo trabajaría duro y ahorraría para nuestra boda, iría a su pueblo, le pediría la mano a su padre y nos casaríamos. Pero me reclutaron para formarme en el ejército y servir a mi patria. No tuve tiempo para escribirle contándole lo sucedido. Por desgracia, por aquellos tiempos de dictadura, cuando venían a buscarte a tu casa, te marchabas al momento con lo puesto y sin oponerte. Pasamos varios meses en la contienda, hasta que por fin nos instalamos en un cuartel cerca de Andalucía. Le escribí muchas cartas explicándole la situación, le confesaba que su recuerdo y la promesa de nuestro futuro matrimonio era lo que me mantenía con ilusión en aquellos tiempos tan grises, pero nunca obtuve respuesta. Cuando llegó el día en el que nos dejaron marchar a casa, me duché, embetuné los zapatos, me puse colonia y me presenté en la casa de sus padres dispuesto a pedir la mano de Dolores y casarme esa misma semana con ella. Pero las cosas no salieron como habíamos soñado, las promesas se escurrieron como arena entre los dedos. Me abrió la puerta una Dolores diferente a la que conocía, o creí conocer. Estaba embarazada de dos meses, había contraído matrimonio con un joven de su pueblo. Creyó que yo la abandoné, nunca le llegaron mis cartas, el soldado encargado del correo nunca las envío y ella rehízo su vida con el primero que tocó en su puerta. –Esta es la confianza qué tenías en mí-. Le pregunté. Pero fue incapaz de contestarme. Me di la vuelta y regresé a Madrid. Tardé varios meses en reponerme de aquel duro golpe, ni las noches en vela en medio de una guerrilla ni los bombardeos o la muerte de algún compañero de combate, me habían causado tanto dolor como la pérdida de Dolores, que bien le sentaba ahora su nombre. Luego conocí a tu abuela, volví a ilusionarme, nos casamos y tuvimos a tu padre. Pero aun recuerdo a Lola, y lo que podría haber sido.
-¿Te arrepientes de haberte casado con abuela?
-No, cariño, tu abuela ha sido mi compañera, mi confidente y me ha dado lo mejor del mundo, a tu padre y luego a ti.
-¿Abuela sabe esta historia?
-No, hija mía, esta historia ha estado escondida en las paredes de mi corazón durante cincuenta años y ahora te la he contado a ti.
-Será nuestro secreto, abuelo.
-¿Se supera, abuelo? ¿Podré olvidarlo algún día?
-Sí, princesa, claro que lo olvidarás. Aparecerá otro amor que te pellizque el corazón y te haga sonreír de nuevo.
La joven se abrazó a su abuelo con fuerza y lloró por los dos, por ella y por la triste historia que acababa de contarle. Los unía un secreto y el dolor de perder a un gran amor.
-Llora, tesoro, llora-. Le decía mientras le acariciaba el pelo. -Que aunque las lágrimas te ensucien el rostro, te limpiarán el corazón-.

jueves, 28 de febrero de 2013

Mensaje en una botella 2



Entró en casa y lo recibió el frío y el silencio de la soledad. El perfume de un amor pasado que se fue dejando su aroma por cada rincón. Un amor  que dejó el eco de su risa entre las grietas de las paredes, testigos del fuego y la pasión de antaño. Pero esta vez el dolor por la nostalgia y la añoranza de lo perdido no le caló tan hondo. Estaba inmerso en algo que despertaba su curiosidad y acaparaba su atención. Encendió la chimenea y se sirvió una copa de vino tinto. Se sentó en la alfombra para espantar, con el calor del fuego, el frío de sus huesos. Conde se echó a su lado. Encendió el portátil y comenzó a navegar por el ciber espacio. Optó por escribir su nombre y el año de la carta en google, Lucía León 1990, y se abrieron varias entradas:
-Lucía León-España/Linkedin
-Lucía León/Facebook
-Lucía León-Youtube
-Dra. Lucía León, Psicóloga
Ninguna de esas entradas lo convenció. Las primeras eran de una jovencita que buscaba amigos en facebook y youtube. Demasiado joven para ser su Lucía. Su Lucía, le gustaba como sonaba. La doctora la descartó, si hubiese sido psicóloga no se habría abandonado a la soledad por culpa de uno o varios malos amores. Empezó a sentir el peso de la decepción. Sería imposible encontrar a una mujer que se había impuesto un exilio veinticinco años atrás. Siguió navegando y encontró algo que llamó su atención. Era el titular de un periódico de aquel año, La Ronda, 18 de febrero de 1990, Desaparece la joven y famosa escritora Lucía León, a sus treinta y cinco años…”   sus ojos comenzaron a perderse entre las líneas de aquella noticia.
“La joven escritora de novela corta Lucía León, desaparece en extrañas circunstancias. No se conoce su paradero ni el móvil de su desaparición. La policía no descarta que haya sido un secuestro. Lucía, de origen peruano y afincada en España, no tenía familia. La Guardia Civil ha tomado declaraciones a su ex novio, Jaime Ruíz, pero no han hallado ningún vínculo que lo pueda relacionar con la desaparición de la escritora”. A la derecha de la noticia aparecía una foto de ella. Era realmente hermosa. Una mujer con rasgos sudamericanos, morena, de pelo largo y negro azabache. Con los ojos rasgados y profundos y una sonrisa de labios de terciopelo y dientes perfectos. -¿Cómo podía un hombre romperle el corazón a un ángel así?-Pensó.
Buscó en internet las obras de aquella autora. Escribía novelas de amor, algunos de sus títulos eran Lazos de amor, Como la vida misma, Amor eterno. Las críticas eran muy buenas, no era una escritora de renombre pero se había hecho un hueco en el mundo de las letras. Se descargó sus libros. Nunca había leído novela romántica, pero quería saberlo todo acerca de ella. Editaba con Alfaguara, una editorial pequeña pero con éxito, por ahí comenzaría su investigación. Contactaría con la editora y les diría que estaba investigando la desaparición de Lucía, que ese mes se cumplían veinticinco años de su desaparición y quería hacer un artículo. Esa podía ser una buena razón, pero no era lo que realmente lo estaba llevando a centrar todos sus sentidos en encontrar a aquella misteriosa mujer, que sin entender el por qué, despertaba en él,  una sensación de cercanía inexplicable. Encontró el número de la editorial y comenzó su búsqueda.



                                        CONTINUARÁ...

martes, 26 de febrero de 2013

Punto Rojo 2




Alejandro salió de su escondite. No le resultó difícil pasar desapercibido en un lugar en el que las mujeres iban desnudas, contoneando sus curvas y mostrando su carne fresca a los depredadores, quienes animales hambrientos, jugaban a cazar y ser cazados. La sala estaba llena, pensó en la crisis. Cómo era posible que él trabajase día y noche por un miserable sueldo que había aprendido a estirar para poder llegar a fin de mes y que el resto de la sociedad tuviera dinero para putas. Como decía su padre, -hijo mío en esta vida sólo da dinero dos cosas, la funeraria y las putas. La gente seguirá muriéndose y seguirá follando-. Miró a su alrededor, una luz muy tenue iluminaba la estancia en su justa medida, para poder ver pero no observar, que resaltaba las virtudes y escondía los defectos. A su derecha había una barra, alta, de ladrillos rojos, sobre la que descansaba una tabla alargada de madera donde reposaban las bebidas de los clientes. Alrededor los taburetes de cuero rojos en los que permanecían sentados algunos bebedores solitarios. Detrás de la barra, las camareras servían copas ataviadas con corpiños negros, tangas y ligueros. Sabiendo que ante semejantes vistas, hasta el más abstemio de los hombres terminaría pidiendo una copa. En el centro del local, de paredes moradas decoradas con látigos, fustas, máscaras y otros elementos macabros, había tarimas en las que las jóvenes deleitaban a los asistentes con las contorciones que eran capaces de hacer con su cuerpo. A su izquierda se encontraban los reservados, grandes y cómodos sillones de cuero rojo, a juego con las butacas y de curiosas formas; dos piernas abiertas, un pene, dos pechos, acompañados de una mesa y separados por cortinas negras de gasa. En ellos podías ver como las experimentadas concubinas calentaban los motores de sus acompañantes. Detrás de él había un pasillo que conducía a las guaridas del vicio, del pecado y del placer. A las habitaciones de la mentira, de los sentimientos comprados y las almas vendidas, y a una sala de juegos.
Perdido en aquel mundo saturnal que se presentaba ante sus ojos reparó en una muchacha que llamó su atención. Era hermosa y muy joven. Tenía una larga melena negra que le caía desordenada sobre su espalda. La piel morena y unos enormes ojos azules. Sus labios de terciopelo invitaban al deseo y a dormirse acunados por ellos. Vestía igual que sus compañeras, con lencería negra, que parecía hecha a medida para su esbelto cuerpo. Miraba a la nada y aparentaba querer huir de todas las bocas que intentaban saciar su apetito mordiendo su cuerpo, mientras ella fingía sensualidad. No era una puta como las otras, no le gustaba estar allí. Subió la escalera que conducía a la salida y decidió esperar en el coche hasta que cerrara el Punto Rojo. Luego seguiría a Laura, quien probablemente lo guiaría hasta su compinche y cerraría el caso con un galón en su camisa.
-Laura cariño, qué quería de ti ese hombre.
-Nada Mona, lo mismo que quiso saber de ti, nuestra relación con Pepe y poco más.
-Me alegro de que ese malnacido esté muerto, pero qué va a ser ahora de nosotras, si cierran el local a dónde voy a ir a trabajar.
-¡Mona por favor cállate! De puta no te va a faltar trabajo, además pronto vendrá alguno de sus socios y se encargará del local. Me voy a mi habitación, necesito descansar.
-¿Pero no vas a hacer ningún servicio?
Laura la dejó hablando sola, se dirigió a su cuarto. Andaba nerviosa de un lado a otro. Eran las tres de la madrugada, en dos horas cerrarían el local. Tenía que coger el dinero e irse. Abrió la puerta y miró a ambos lados. La noche estaba ambientada, todos andaban demasiado ocupados en complacer y ser complacidos. Caminó hasta el despacho de Pepe, sintió arcadas, aun olía a él, a puro y colonia barata. Encendió un mechero y caminó a tientas golpeándose con las sillas. Encontró la caja fuerte. Dos, cuatro, dos, hache, dos y listo, la puerta se abrió. –Joder-. Rebuscó entre todos los papeles que había dentro pero no encontró ningún billete, no había ningún vestigio de que allí pudiese haber dinero. –Joder, joder, mierda-. Se repetía. Miró a su alrededor, no había luz y lo poco que alumbraba su mechero no era suficiente para despertar en ella alguna sospecha de dónde podría estar escondido el dinero. Cogió su teléfono marcó con rapidez esperando recibir alguna respuesta.


-Hola, nena, ¿ya tienes resuelto nuestro futuro?
-Aquí no hay nada. Joder, no hay un puto céntimo. ¿Quién coño te dijo que escondía el dinero aquí? Sólo hay papeles y más papeles.
-Laura, estás segura de eso, has mirado bien.
-Sí he mirado bien, sé lo que es un billete y aquí no hay nada.
-Puto chino me la ha jugado. Nena, vete directa a tu casa. No vengas a la mía. Tengo que encontrar a ese cabrón, esto no puede quedar así. Te llamo desde que sepa algo, no me llames tú.
Colgó el teléfono dejando a Laura sin respiración y muerta de miedo. Salió del despacho, cogió sus cosas y se fue.
-Mona, no me encuentro bien, toda esta historia me ha dejado mal cuerpo, nos vemos mañana.
Y sin esperar a que pudiera contestar, se marchó.
Alejandro se incorporó en el asiento de su coche dispuesto a seguir a Laura. Caminaba nerviosa hacía la parada de taxi.
-¿La llevo a algún lugar?- Le preguntó disminuyendo la marcha a su altura.
-¿No teme perder su buena reputación de niño pijo y gran policía viéndolo con una puta en su lujoso coche?
-Me gusta correr riesgos. Suba, no es bueno que una mujer ande sola por la calle a estas horas.
Laura soltó un bufido.
-Conozco estas calles mejor que usted señor agente. Se lo agradezco, pero me gusta dormir con hombres y soñar sola, y ahora me voy a soñar.
Paró a un taxi y se subió en él. Sabía que la seguiría, las cosas no estaban saliendo bien. Sin el dinero no podrían marcharse de la isla y ese pretencioso policía estaría pisándole los talones hasta que descubriera la verdad. Sacó del bolso la cadena con la virgencita del Pino que le había regalado su madre, antes de convertirse en lo que era ahora, y la besó. A partir de esa noche la arroparía el remordimiento, la abrazaría el miedo y despertaría con la incertidumbre. La única certeza que tenía es que su tragedia empezó con la muerte de Pepe.

  

miércoles, 20 de febrero de 2013

El beso



No hay nada más hermoso que un beso. Un beso que se intuye en la mirada. Ese exótico juego en el que los ojos se buscan, tímidos, y vuelven a perderse en la nada, temerosos de que el otro lea en sus pupilas el deseo. Otra mirada que te ruboriza, una sonrisa tonta y un tema de conversación absurdo para saciar las ansias. Y vuelves a alzar la vista y ahí están esos ojos marrones diciéndote en susurros, -yo también quiero besarte-. Se instala el silencio entre ambos, acompañado del palpitar de sus corazones. Las mariposas revolotean allá abajo. Cambian la postura, torpes tropiezan los cuerpos. Y ya no hay salida, la electricidad estática cumple su función y los cuerpos se acercan, se atraen. Dudan. Y surge el beso. Ese roce de labios suaves, ese jugueteo de lenguas húmedas. Es un beso lento e interminable, que a pesar de la pasión que esconde, controla el deseo. La situación se calienta, las manos empiezan a tomar la iniciativa y suben nerviosas, se acarician la cara, el pelo, e intentan guardar en la memoria del tacto, la piel del otro. Los labios se separan. Duele. No entienden qué ha pasado ni si volverá a suceder. Se despiden con color en las mejillas y más calor del habitual. ¡Ay un beso! Todo lo que esconde un beso. Una historia, una caricia, un recuerdo y miles de fantasías. El desvelo en la noche y la añoranza por volver a saborear el elixir que emana de su boca. ¡Ay un beso! ¡Cuánto sabe un beso!

martes, 19 de febrero de 2013

Mensaje en una botella




Llevaba toda la noche sin dormir. Escribiendo una y otra vez retales de su vida. Los papeles en blanco se amontonaban encima de la cama. La luz de la habitación era cálida, se había acostumbrado a la oscuridad. Se sentía protegida y arropada por la penumbra. Cuatro paredes que se habían convertido en su fortaleza. Cuatro paredes fucsias adornadas con cuadros de Miró. Una cama enorme que añoraba compañía. Un amplio ventanal con las persianas bajas para evitar que se colara algún rayo de luz intruso,  y ella y su soledad decoraban su pequeño mundo. Terminó de escribir, leyó el resultado, cogió la botella de cristal e introdujo el mensaje dentro. La cerró con un tapón de corcho y le puso un lazo rojo. Dentro no sólo había un mensaje. Estaban todos sus sueños y añoranzas. Los besos que había dado y los que no volvería a dar. Besos dulces y apasionados. Traviesos y juguetones. Lentos y cálidos cargados de amor. Besos y más besos. Besos forzados y besos con palabras ocultas, te quiero, te deseo, me atraes… Tenía que enviar el mensaje, aunque ello implicase salir de su alcázar. Cogió su desgastada manta rosa y se cubrió los hombros. Fuera la sorprendió el amanecer, sus ojos tuvieron que acostumbrarse poco a poco a los rayos de sol, que insistentes intentaban golpearlos. Caminó durante cinco minutos para llegar a su lugar favorito. Ese lugar que la naturaleza había creado para ella. Un lugar puro, oxigenado. Llegó a la orilla del mar. Las olas le dieron la bienvenida con un tímido susurro y un beso de espuma y sal.  Se sentó en su roca favorita y dejó que el mar le acariciara los pies. Miró al horizonte y buscó un punto fijo. Allá a donde dejaba volar su imaginación. Permaneció en silencio unos minutos, lo que para otros podría ser una eternidad. Amaba el silencio y la calma imperturbable en la que se había asentado su vida. Sacó la botella de su bolsillo, la miró por última vez y con un movimiento rápido y seguro la lanzó al horizonte. Su mensaje navegaría por el mundo, tal vez llegara a algún puerto, quizá lo encontraría su receptor. A lo mejor se perdería en la nada como lo había hecho ella. Se levantó de su piedra y volvió a su dulce morada.
            En la orilla de la playa se encontraba él jugando con su perro. Era una tarde de invierno. El mar estaba enfurecido y las olas se peleaban. Los días eran más cortos y el sol empezaba a esconderse entre el cielo y aquella lejana línea que parecía dividir dos mundos. Llevaba más de una hora allí y los pies de Jaime empezaban a arrugarse. El frío le calaba los huesos y sus mejillas estaban coloradas por los besos helados que le daba el aire. Aun así quería prolongar el momento de volver a casa, que estaba triste y silenciosa desde que María, a quien creía el amor de su vida, se había marchado con otro, que al parecer la hacía más feliz.
Conde no le hacía caso, no atendía a sus insistentes llamadas en ninguno de los idiomas que le hablaba. Jaime se acercó a su perro, jugaba con una botella que tenía un tapón de corcho y un lazo rojo. Se la quitó del hocico con algo de esfuerzo y justo antes de devolverla al mar sintió curiosidad por descubrir qué mensaje oculto llevaba en su interior. Siempre había sido un soñador, le gustaba fantasear con la vida y el amor. Tal vez por eso lo abandonó María, se cansó de que viviera en mundos ajenos al real. Se sentó en una piedra y descorchó la botella, sacó el papel y comenzó a leer.
Querido nadie, tal vez nunca recibas este mensaje porque quizá no existas. Tal vez esa estúpida teoría de la media naranja es sólo un mito que los humanos hemos querido convertir en real y nos pasamos la vida cortando naranjas a ver cuál se adapta a nuestro jugo. Dicen que todos tenemos esa mitad perfecta, que aparece en el momento adecuado para pasar el resto de su vida a tu lado. Querido nadie no quiero que aparezcas. Así que deja de buscarme. Ya he tenido algunas naranjas que han estado demasiado agrias. Creí, en la última mitad que se me acercó, encontrar mi mitad perfecta y volqué mi vida en él. Resulta que no fui  tan perfecta para esa mitad y se fue a rodar por el mundo a probar otras mitades y a mí me dejó sin jugo y sin ganas de probar más frutas. Cambia tu rumbo porque me doy por vencida. Querido nadie espero que algún día recibas este mensaje y lo puedas entender.
Con amor, tu media naranja imperfecta.
Lucia León, 14 de febrero de 1990. Las Palmas de Gran Canaria.
Anocheció mientras Jaime estaba perdido en la lectura de aquella carta. Era de 1990, calculó velozmente, ese mensaje llevaba navegando más de treinta y cinco años, era catorce de febrero del dos mil veinticinco, y había llegado a sus manos el mismo día que esa extraña y desconocida mujer se abandonó al desamor y a la soledad. Tal vez debía leer entre líneas, las cosas siempre pasan por algo. De pronto sintió un enorme deseo de conocer a Lucía. Cuánto años tendría ahora, seguiría viviendo en Canarias, si es que aún vivía. Qué habría sido de su vida. Lucia había conseguido que dejara de pensar en María por un segundo, y tomó una decisión. Como buen periodista intentaría encontrar a esa misteriosa mujer. Recordó la cita de Miguel de Cervantes: Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a muchas amargas dificultades.
Y con este último pensamiento se marchó con su perro y la botella como un niño con un tesoro.